En su discurso durante la 77ª sesión del Comité Ejecutivo del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), celebrada recientemente en Ginebra, Suiza, el máximo responsable del organismo, Barham Salih, expuso un desolador balance sobre el desplazamiento global. Según indicó, los conflictos y las sucesivas crisis de los últimos años han obligado a unos 117 millones de personas a abandonar sus hogares. La mayoría procede de países que son o han sido focos de inseguridad, pobreza y hambre, como Sudán, Yemen, Siria y Afganistán.
Independientemente de los motivos que los fuerzan a abandonar sus hogares, los refugiados comparten un mismo destino marcado por la pobreza y la precariedad. Cruzar una frontera no garantiza una vida mejor. A menudo quedan confinados en campos provisionales de refugiados, donde afrontan dificultades para satisfacer sus necesidades básicas, acceder a servicios esenciales y encontrar empleo estable, además de vivir bajo la constante amenaza de la inseguridad. Según Barham Salih, desde Sudán hasta el Sahel, y desde Yemen hasta el Cuerno de África, cada refugiado arrastra una historia dolorosa y la incertidumbre sobre su mañana.
En ese tempestuoso mar de dificultades, la ayuda de la comunidad internacional se convierte en un salvavidas. En la última década, el ACNUR ha ayudado a cerca de un millón de refugiados a reconstruir sus vidas en terceros países. Tan solo en lo que va de 2026, ante el repunte de los desplazamientos por conflictos encadenados, el organismo ha respondido a 22 situaciones de emergencia en 18 naciones. Actualmente, millones de refugiados en países de ingresos bajos y medianos dependen por completo de la ayuda humanitaria para cubrir sus necesidades básicas.
Sin embargo, la falta de financiación está golpeando las labores de protección. Hasta la fecha ACNUR solo ha recibido 3 mil millones de dólares de los 8,5 mil millones necesarios para sus operaciones en 2026. Ello se debe principalmente a los drásticos recortes de los presupuestos destinados a ayuda humanitaria internacional por parte de algunos de los países donantes. Desde 2024 ACNUR se ha visto obligado a suprimir miles de puestos de trabajo, cerrar oficinas e incluso suspender operaciones en varios países, pese al aumento de las necesidades humanitarias.
Cuando la financiación cae por debajo de los niveles necesarios, las consecuencias afectan directamente la vida de quienes dependen de ayuda humanitaria. La escasez de recursos expone a muchas mujeres y niñas a un mayor riesgo de violencia y explotación, priva a los niños de oportunidades educativas y dificulta el acceso de las personas con discapacidad a los servicios esenciales.
Los expertos advierten que cuando los presupuestos caen por debajo del umbral mínimo, las operaciones esenciales de asistencia pueden paralizarse e incluso colapsar, dejando a millones de personas en una situación de extrema precariedad. La falta de financiación amenaza con paralizar los programas de protección infantil en la República del Chad, mientras Etiopía ha tenido que suspender temporalmente el registro de decenas de miles de solicitantes de asilo procedentes de Sudán del Sur y Eritrea.
Ante el imparable aumento de de desplazados en todo el mundo, surge una pregunta: ¿cómo poner fin a esta crisis? Si bien mantener las operaciones de asistencia es indispensable para que los refugiados superen las dificultades más inmediatas, esta respuesta solo ofrece un alivio temporal. El éxito de la ayuda humanitaria no debe medirse únicamente por la cantidad de personas que reciben alimentos, medicamentos u otros artículos de primera necesidad para subsistir el día a día.
El verdadero éxito radica en crear oportunidades para que recuperen su autonomía y puedan construir un futuro mejor por sus propios medios. ACNUR se ha marcado el objetivo de que, para 2035, unos ocho millones de refugiados dejen de depender de la ayuda humanitaria y puedan valerse por sí mismos, trabajar, estudiar y mantener a sus familias.
La actual crisis de refugiados es el resultado de una problemática multidimensional donde confluyen las guerras, las dificultades económicas y la pobreza. Ante esto, las Naciones Unidas han instado a la comunidad internacional a frenar la escalada de los conflictos, promover negociaciones de paz y poner fin a la violencia. Solo garantizando condiciones de vida estables se podrán abordar las causas de raíz que obligan a tantas personas a abandonar sus hogares.