El inesperado recrudecimiento de la crisis en Oriente Medio hace siete meses propinó repetidos golpes a la economía global. El bloqueo del estratégico estrecho de Ormuz paralizó el suministro de energía y mercancías, lo que disparó los costes logísticos y de producción, afectando directamente la actividad empresarial de múltiples naciones.
Por entonces, los principales organismos financieros alertaron sobre la vulnerabilidad de la economía global y expresaron su preocupación por las perspectivas de crecimiento a largo plazo.
No obstante, la economía mundial ha sido más resiliente de lo esperado. Los gobiernos reaccionaron rápido y bien ante la volatilidad de los mercados de la energía: recurrieron a las reservas de gas y petróleo, buscaron nuevas fuentes de suministro, activaron fondos de estabilización y, en algunos casos, promovieron el ahorro en el consumo.
Como resultado, la economía mundial mantiene una estabilidad mayor a la esperada. La directora gerente del FMI, Kristalina Georgieva, señaló que, en medio de una sucesión de “vientos en contra”, la previsión de un crecimiento del tres por ciento en 2026 es un resultado notable.
Asia-Pacífico es un punto positivo en el panorama económico mundial. Recientemente el Banco Asiático de Desarrollo (BAD) elevó al cinco por ciento su previsión de crecimiento económico para 2026 de las economías en desarrollo de la región, por encima de la proyección formulada en julio pasado.
Según el BAD, la sólida inversión del sector privado y las medidas de apoyo gubernamental han actuado como propulsor del crecimiento, ayudando a la región a resistir los efectos negativos de las tensiones geopolíticas y la volatilidad de los mercados mundiales. A ello se suma el auge de la inversión en inteligencia artificial, que se está convirtiendo en un nuevo motor de crecimiento y compensa en cierta medida los efectos adversos de las interrupciones en las cadenas de suministro.
No obstante, la economía mundial afrontará numerosos riesgos hasta finales de 2026. Los factores externos, en especial los conflictos geopolíticos, los elevados precios de la energía y los fenómenos meteorológicos extremos, siguen planteando importantes desafíos. Si los precios del petróleo disminuyen y se mantienen en niveles más bajos, las presiones inflacionarias podrían aliviarse, lo que crearía condiciones para que los bancos centrales flexibilicen la política monetaria y estimulen el crecimiento económico.
Si el conflicto en Oriente Medio se prolonga y el estrecho de Ormuz sigue prácticamente cerrado, será necesario reponer las reservas antes del invierno y la tendencia alcista de los precios de la energía difícilmente remitirá. La guerra no solo amenaza el suministro energético, sino también plantea importantes desafíos al comercio mundial, pues los cuellos de botella en las cadenas de suministro podrían elevar los precios de los alimentos, los fertilizantes y otros productos esenciales.
El FMI ha advertido de otras amenazas al crecimiento, entre ellos el lento descenso de la inflación, el aumento de los rendimientos de los bonos y, sobre todo, el elevado nivel de deuda pública. Georgieva indicó que muchos gobiernos no han adoptado medidas suficientemente firmes para controlar los costes de endeudamiento.
La deuda pública global roza el 100 % del Producto Interior Bruto mundial, rebasando los niveles registrados tras la Segunda Guerra Mundial. Según las proyecciones, superará este límite en 2029, adelantándose dos años a lo previsto originalmente.
Las impredecibles fluctuaciones del escenario geopolítico y del comercial mundial están poniendo a prueba la resiliencia de la economía global. Según analistas, en el actual contexto los países deberán afrontar una “doble tarea” para alcanzar sus objetivos de crecimiento.
Por un lado, tendrán que seguir fortaleciendo la capacidad de adaptación y la resiliencia de sus economías frente a los desafíos derivados de las tensiones geopolíticas, el cambio climático y las perturbaciones en el sistema comercial y las cadenas de suministro. Por el otro, deberán aprovechar las oportunidades que ofrecen los nuevos motores de crecimiento, entre ellos la creciente ola de inversión tecnológica.