Tras varios días de infructuosas pujas, los vínculos entre las dos naciones se vieron sumidas casi de inmediato en una espiral de tensiones y medidas recíprocas de represalia.
En el último episodio, el presidente estadounidense, Donald Trump, advirtió que, a partir del 1 de enero de 2027, Washington elevará al 50 por ciento los aranceles sobre todos los automóviles, camiones, piezas de automoción y acero importados de Canadá. Por su parte, Ottawa anunció que impondrá gravámenes de entre el 15-50 por ciento a más de 700 productos estadounidenses a partir del próximo 8 de septiembre, en respuesta a las medidas adoptadas por Washington contra mercancías canadienses por valor de unos 20 mil millones de dólares. Los expertos temen que las reacciones de cada bando desaten una guerra comercial y profundicen las grietas entre los dos vecinos países.
Las tensiones podrían acarrear consecuencias de difícil cuantificación para las dos economías, pero también para el comercio de América del Norte en general. En el frente estadounidense, la disputa agrava las múltiples presiones, desde una inflación persistente y un aumento de la deuda pública hasta el encarecimiento de los combustibles. Los expertos consideran que los aranceles de represalia elevarían los precios de los bienes, aumentarían las presiones inflacionarias, deprimirían los presupuestos de inversión de las empresas y debilitarían la actividad económica.
Según la senadora republicana Susan Collins, los nuevos aranceles elevarán los costos para los hogares, ya que la mayoría de las empresas no tendrá más remedio que trasladar la carga impositiva a los consumidores mediante un aumento de los precios.
La situación no es más reconfortante para Ottawa, pues la preocupación no se limita al riesgo de un aumento de los precios. Por el momento, solo alrededor del 5 por ciento del valor total de las exportaciones anuales de Canadá al mercado estadounidense se verá afectado.
A corto plazo, el impacto macroeconómico directo sobre Canadá se prevé manejable. Sin embargo, a la larga, las tensiones comerciales con Estados Unidos, su principal mercado de exportación, podrían ensombrecer las perspectivas de las ventas al exterior y obligar a los fabricantes a replantearse sus planes. La Cámara de Comercio de Canadá ha advertido a las empresas del país de que deben prepararse para hacer frente a las turbulencias cuando llegue la “tormenta” arancelaria.
Pese a las duras declaraciones de Washington y Ottawa, los analistas consideran que existen numerosas razones para que vuelvan a la mesa de negociaciones y alcancen un compromiso. Ambos países han construido una de las relaciones comerciales más sólidas del mundo. Si bien las recientes disputas arancelarias han sacado a la luz serias divergencias, los lazos económicos tejidos durante décadas no se desharán fácilmente.
Canadá es uno de los principales socios comerciales de Estados Unidos, al que suministra la mayor parte del gas natural y la electricidad, así como alrededor del 60 por ciento de sus importaciones de crudo. En 2025, el comercio bilateral de bienes y servicios alcanzó los 880 mil millones de dólares. Estados Unidos sigue siendo el mayor comprador de Canadá, con una cuota cercana al 72 por ciento de sus exportaciones.
El primer ministro canadiense, Mark Carney, ha afirmado en repetidas ocasiones que la relación con el país vecino ha cambiado esencialmente y que Ottawa debe diversificar sus mercados para reducir su dependencia de Washington. Sin embargo, encontrar una alternativa a su principal mercado, situado justo al otro lado de la frontera y profundamente integrado en la economía canadiense a través de las cadenas de suministro, no es algo que se pueda resolver de la noche a la mañana.
Los vínculos entre Estados Unidos y Canadá están abocados a una encrucijada: negociar para rebajar las tensiones o continuar con las represalias. Cada opción conducirá por caminos completamente diferentes. Dada la profunda interdependencia entre ambas economías, una guerra comercial no haría sino causar daños difíciles de reparar. Por ello, aunque no sea fácil, la vía de la negociación sigue considerándose la opción óptima para los dos países.