Más de ocho décadas después, las armas nucleares se ciernen como una grave amenaza a la seguridad mundial.
En un mensaje con motivo del aniversario del bombardeo atómico de Hiroshima, el secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, declaró: “En un solo instante, Hiroshima quedó envuelta en un mar de llamas. Decenas de miles de vidas se perdieron. La ciudad quedó reducida a escombros. Y la humanidad cruzó un umbral del que ya no podría regresar”.
El recuerdo aterrador de los bombardeos atómicos a Japón deja un dolor imborrable, pero también acicatea a la humanidad a construir un mundo libre de la amenaza de una catástrofe nuclear y a consolidar la paz para todos los pueblos.
El fin de la Guerra Fría propició un escenario favorable para frenar la proliferación de armas nucleares. En 1968, la firma del Tratado de No Proliferación Nuclear supuso un hito en los esfuerzos mundiales por impedir la carrera armamentística nuclear, promover el desarme y fomentar el uso pacífico de la energía nuclear. Numerosos acuerdos bilaterales han sido esenciales para controlar las armas de destrucción masiva a escala mundial.
Sin embargo, en los últimos años, los esfuerzos de control nuclear están perdiendo fuerza. Según el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo, pese a la disminución del número de armas nucleares desplegadas en comparación con la época de la Guerra Fría, en el mundo hay más de 12 mil ojivas nucleares, de las cuales más de nueve mil 700 están listas para su despliegue.
Resulta alarmante que el gasto en armas de destrucción supere en varias veces el presupuesto dedicado al desarrollo sostenible y a la construcción de la paz. Un informe de la Campaña Internacional para Abolir las Armas Nucleares señala que el gasto mundial en armas nucleares alcanzó un récord de 119 mil millones de dólares en 2025.
La inestabilidad del entorno de seguridad internacional, el aumento de las tensiones geopolíticas y la creciente e intensa competencia estratégica entre las grandes potencias constituyen importantes obstáculos para los esfuerzos de desarme nuclear. El director general del Organismo Internacional de Energía Atómica, Rafael Grossi, advirtió que el mundo se enfrenta al riesgo de entrar en una nueva carrera por el rearme atómico.
El estallido de conflictos erosiona gravemente la confianza en los compromisos internacionales de seguridad y ha provocado cambios en la forma en que algunos países abordan su propia seguridad. Estados Unidos y Rusia, las dos mayores potencias nucleares del mundo, poseen aproximadamente el 83 por ciento del arsenal nuclear global. No obstante, los expertos advierten que este equilibrio podría alterarse si más países se sumaran a esta peligrosa carrera.
Al mismo tiempo, se considera que los mecanismos internacionales de control de armamentos y desarme atraviesan un período de extrema fragilidad. Tras la retirada de Estados Unidos del Tratado sobre Misiles Antibalísticos y del Tratado sobre Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio, el Tratado de Reducción de Armas Estratégicas (Nuevo START) ha quedado como el último acuerdo de control de armas nucleares vigente entre las dos principales potencias nucleares.
Sin embargo, en febrero pasado expiró el Nuevo START, lo que implicó la desaparición del último "mecanismo de seguridad" que limitaba el desarrollo de armas estratégicas por parte de Washington y Moscú. Aunque el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha manifestado su disposición a negociar con Rusia un acuerdo que sustituya al Nuevo START, alcanzar un nuevo tratado de control de armamento en el contexto actual es muy difícil.
Han pasado muchos años, pero Hiroshima y Nagasaki siguen siendo un recordatorio de las devastadoras consecuencias del uso de las armas nucleares. Para mantener los esfuerzos por construir la paz, las Naciones Unidas instan a la comunidad internacional a que siga comprometida con el desarme, la no proliferación nuclear y el derecho de todos los estados a desarrollar y utilizar la energía nuclear con fines pacíficos.