La prolongación de los conflictos y los fenómenos meteorológicos extremos han frenado la mitigación del hambre en las zonas con mayores índices de vulnerabilidad.
La Agenda 2030 de la Organización de las Naciones Unidas, adoptada por su Asamblea General en 2015, incluye el hambre entre los desafíos mundiales que requieren un enfoque integral. Gracias a los incansables esfuerzos realizados, se han cosechado numerosos logros en este sentido, entre ellos una mejor calidad de vida para los ciudadanos.
Según la edición 2026 del Informe sobre el estado de la seguridad alimentaria y la nutrición en el mundo, recién publicada por las Naciones Unidas, el segmento poblacional que padece hambre se ha reducido en los últimos tres años, del 8,6 por ciento en 2022 al 7,8 en 2025. Este resultado demuestra que los esfuerzos para erradicar el hambre van por buen camino.
Acertar el rumbo, empero, no es el único requisito en el camino de alcanzar, a más tardar en 2030, el Objetivo de Desarrollo Sostenible 2: Hambre Cero. La ONU ha puesto de manifiesto las grandes disparidades existentes en el panorama de la seguridad alimentaria mundial.
Asia y América Latina y el Caribe han experimentado mejoras sólidas. Por el contrario, África se ha convertido en un atolladero de hambre y pobreza. La inseguridad, el impacto del cambio climático y el estrés económico han dificultado el acceso de los africanos a una alimentación suficiente.
Alrededor de 309 millones de personas, el 20 por ciento de la población continental, todavía padecen hambre. La cifra no es una simple estadística, sino una alerta urgente de que millones de personas están quedando atrás.
La lucha contra ese flagelo enfrenta presiones emergentes provocadas por los conflictos y la violencia. Confrontaciones en Oriente Medio y otras partes del mundo han interrumpido las cadenas de suministro de energía, alimentos, fertilizantes y transporte marítimo, y han encarecido productos básicos como el arroz y el trigo, agudizando la crisis de seguridad alimentaria.
Niños desnutridos, cocinas que apenas tienen algo que ofrecer y largas colas esperando recibir alimentos son ya escenas habituales en varias zonas afectadas por conflictos en la Franja de Gaza, Sudán, Yemen y Malí.
El presidente del Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola, Álvaro Lario, advirtió de que, sin una actuación rápida, entre nueve y 18 millones de personas adicionales padecerían de hambre y pobreza, con lo que se alejará la posibilidad de salir del círculo vicioso de conflictos y hambruna.
Además, el cambio climático sigue ejerciendo presión sobre los sistemas alimentarios y medios de subsistencia, con fenómenos extremos cada vez más frecuentes como inundaciones, sequías prolongadas y olas de calor intensas.
La Organización Meteorológica Mundial ha pronosticado un episodio de “Súper El Niño” en el período 2026-2027, algunas de cuyas secuelas serían una menor productividad agrícola e interrupciones en el abastecimiento global de alimentos.
Una conmoción climática en este momento, temen analistas, podría tener consecuencias aún más graves con el efecto cómplice de los conflictos geopolíticos y el alza de los precios de los alimentos.
Las proyecciones contra el hambre generalizada son desfavorables, sobre todo ahora que se interrumpe la asistencia humanitaria en numerosas zonas de alto riesgo debido a los recortes presupuestarios.
En observación del Programa Mundial de Alimentos, el sistema global de ayuda humanitaria se ha debilitado de manera significativa luego de sucesivas retiradas de fondos.
Las organizaciones humanitarias se debaten frente a un doble desafío. Por un lado, el número de personas urgidas de ayuda se dispara. Por otro, el transporte y la distribución de suministros se vuelven más costosos por culpa de los elevados precios de los combustibles.
Tal situación suscita desasosiego debido a la casi certeza de que el hambre y la desnutrición se propagarán a un ritmo abrumador ante la menguada capacidad de respuesta de la comunidad internacional.
El hambre ha dejado de ser un dilema exclusivo de un país o una región y se erige como un serio reto a la acción coordinada de la comunidad internacional. El mundo solo conseguirá esprintar y llegar a la línea de meta en su carrera hacia los Objetivos de Desarrollo Sostenible cuando consiga abordar las causas raigales del hambre y la pobreza, o sea, los conflictos, la desigualdad y los efectos del cambio climático, entre otros factores.