Riesgo de crisis alimentaria

El conflicto entre Estados Unidos, Israel e Irán suele analizarse desde una perspectiva militar y energética, pero su impacto más profundo se está extendiendo silenciosamente al sistema alimentario mundial. Las verdaderas consecuencias de la confrontación no solo se manifiestan en el aumento de los precios del petróleo, sino también en los platos vacíos de millones de familias.

Ciudadanos palestinos reciben alimentos gratuitos en un campo de refugiados en Beit Lahia, al norte de la Franja de Gaza, en una foto tomada el 15 de marzo de 2026. (Foto: XINHUA)
Ciudadanos palestinos reciben alimentos gratuitos en un campo de refugiados en Beit Lahia, al norte de la Franja de Gaza, en una foto tomada el 15 de marzo de 2026. (Foto: XINHUA)

El epicentro de la actual “sacudida” en Oriente Medio se sitúa en el estrecho de Ormuz, uno de los puntos más críticos de la economía mundial. Aunque a menudo se pasa por alto, una parte significativa del petróleo transportado por vía marítima pasa por allí, al igual que los fertilizantes, que también utilizan esta ruta vital para su comercio global.

Aproximadamente un tercio del volumen mundial de fertilizantes transportados por mar atraviesa el estrecho de Ormuz. Cuando las tensiones militares aumentan, también lo hacen las primas de seguro y no solo se ve afectado el flujo energético, sino también el "torrente vital" de la agricultura.

La agricultura depende en gran medida de los combustibles fósiles. El petróleo y el gas natural se utilizan para alimentar los tractores, los sistemas de riego y las secadoras de grano. Además, estos recursos, especialmente el gas natural, son fundamentales para la industria de los fertilizantes, que es una de las bases de la productividad de la agricultura moderna. Por ello, cuando los precios de la energía se disparan, el coste de los fertilizantes también aumenta de forma exponencial. Cuando el suministro se interrumpe, los agricultores no solo deben apretarse el cinturón por el aumento de los costes, sino que también se enfrentan al riesgo de no disponer de suficientes insumos en el momento oportuno de la temporada agrícola.

Las consecuencias de este shock no se manifiestan de inmediato en el mercado alimentario, pero las perturbaciones de hoy se traducirán en escasez mañana. En concreto, la falta de fertilizantes puede obligar a los agricultores a reducir su uso o a optar por cultivos que requieran menos insumos, lo que puede reducir la productividad en los próximos meses o en la próxima cosecha.

Cuando la oferta de alimentos se restringe y aumentan los costos de transporte y producción, los precios de los alimentos siguen una trayectoria alcista difícil de controlar. La Organización de las Naciones Unidas ha advertido en repetidas ocasiones de que la subida de los precios de los alimentos y la energía afectará con mayor rigor a los países en desarrollo y a los hogares con menos ingresos, en los que la alimentación supone la mayor parte del gasto.

Asia es la región más vulnerable a este riesgo, ya que depende en gran medida de las importaciones energéticas, es uno de los mayores mercados de fertilizantes del mundo y en ella se concentra gran parte de la población mundial. Estos tres factores hacen que cualquier alteración en el estrecho de Ormuz se traslade rápidamente al precio de los alimentos. En las economías en desarrollo, donde el gasto en alimentos supone una parte importante de los gastos familiares, este impacto no solo es económico, sino también social.

El problema es que el efecto dominó no se detiene en Asia. Cuando los países grandes aseguran su suministro interno, pueden limitar las exportaciones o acumular reservas, lo que hace que el mercado global sea aún más escaso. Las naciones dependientes de la importación de alimentos, especialmente las de África y otras regiones vulnerables, se ven empujadas a una situación de desventaja.

Un reciente informe del Programa Mundial de Alimentos (PMA) subraya que el conflicto ya está teniendo impactos directos en la seguridad alimentaria en Oriente Medio. En Líbano se está produciendo una migración interna a gran escala dentro de una comunidad que ya llevaba años lidiando con una grave inseguridad alimentaria. Según el PMA, las largas rutas de transporte y la congestión están amenazando la capacidad de acceso rápido a los grupos de población más vulnerables, aumentando el riesgo de que las personas tengan que esperar más tiempo para recibir asistencia y enfrenten una mayor inseguridad alimentaria o malnutrición.

El conflicto desborda los límites del campo de batalla e irrumpe en las mesas. La crisis actual también pone de manifiesto una debilidad del sistema alimentario global: la dependencia de algunas rutas de transporte estratégicas y de ciertos insumos difíciles de sustituir a corto plazo. Como resultado, si un “cuello de botella” como Ormuz no se resuelve pronto, todo el sistema puede verse sacudido. La necesidad de diversificar las fuentes de suministro, fortalecer la autosuficiencia y construir sistemas alimentarios sostenibles se vuelve más urgente que nunca.

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