Según denuncias del movimiento hutí, sus instalaciones han sido blanco de más de cien ataques aéreos de Arabia Saudí desde el 8 de septiembre, con un pico de 58 registrado el día 13. También acusaron el Reino de realizar incursiones aéreas en la provincia de Saada, bastión de los hutíes, y de intensas embestidas de artillería contra el distrito fronterizo de Munabbih.
En represalia, los hutíes atacaron con misiles y drones depósitos de armas y centros de mando en la base militar de Sharurah, en el sur de Arabia Saudí.
La Dirección General de Defensa Civil de Arabia Saudita acusó a los rebeldes yemeníes de lanzar un proyectil contra la región limítrofe de Jizán. El ataque dejó dos heridos y ocasionó daños a una mezquita, varios edificios y vehículos.
Al condenar enérgicamente la acción, el país árabe señaló que agredir construcciones civiles es una grave transgresión del derecho internacional humanitario. El príncipe heredero, Mohamed bin Salmán, incluso solicitó al presidente de Estados Unidos, Donald Trump, que ordenara ataques aéreos contra los hutíes, a lo cual se negó el inquilino de la Casa Blanca.
La andanada de ataques recíprocos ha sumido otra vez en la incertidumbre a Oriente Medio, el ombligo petrolero del mundo. Antes, Arabia Saudí había cerrado temporalmente el oleoducto Este-Oeste tras un ataque con drones. Argelia, Libia, Egipto y otros países condenaron casi de inmediato el sabotaje por considerar que agudiza la inestabilidad regional y amenaza la seguridad de los centros energéticos y las reservas internacionales de petróleo.
El oleoducto recorre unos mil 200 kilómetros desde los yacimientos del este de Arabia Saudí hasta las instalaciones de exportación en la costa del Mar Rojo. Es capaz de transportar entre cuatro y cinco millones de barriles por día, casi el cinco por ciento del suministro mundial del crudo. Su relevancia aumentó luego de los constantes incidentes en el estrecho de Ormuz.
Aparte de los choques con Arabia Saudí, la guerra civil entre los hutíes y el ejército del gobierno yemení viene evolucionando con complejidad. Moca, una ciudad estratégica bañada por el Mar Rojo, fue blanco recientemente de seis misiles balísticos. Aunque se desconoce la magnitud de los daños humanos y materiales, la dimensión del ataque mantiene a los pobladores sumidos en el pánico.
Los hutíes también capturaron una isla estratégica en el estrecho de Bab el-Mandeb, arteria entre el Mar Rojo y el Golfo de Adén. La creciente actividad armada del movimiento ha provocado preocupaciones por la seguridad de una de las rutas marítimas más transitadas del mundo. Bab al-Mandeb, asentado en la entrada sureña del Mar Rojo, es un eslabón cardinal en el transporte de portadores energéticos y mercancías entre Asia, Oriente Medio y Europa.
La víctima más sufrida de esos conflictos es el pueblo yemení, que vive entre bombas y balas desde el comienzo de una guerra civil en 2014. Cientos de miles de civiles ha perdido la vida no solo a causa de las armas, sino también por una grave crisis humanitaria configurada por la escasez de alimentos, agua potable y atención médica.
Según la Organización Internacional para las Migraciones, los recientes combates en Yemen han desplazado por lo menos a 86 mil personas, más de dos mil de ellas a países vecinos.
La entidad alertó además que numerosas aldeas quedaron vacías en la ciudad de Taiz, una de las más importantes del país. La carretera Mocha-Taiz, ruta de suministro vital, está completamente cortada, lo cual dificulta la entrega de ayuda humanitaria a las zonas afectadas.
Los yemeníes llaman desesperadamente a las Naciones Unidas y a las organizaciones internacionales a actuar con mayor energía para poner fin a la guerra civil, así como a los enfrentamientos entre los hutíes y Arabia Saudí. Sin una acción pronta y radical, la crisis humanitaria en ese país de Oriente Medio corre el riesgo de desembocar en una catástrofe mundial.