El trienio de hostilidades gazatíes arrasó el panorama político y la seguridad de Oriente Medio en conjunto. Más de 74 mil palestinos perdieron la vida. Los frentes armados surgieron uno tras uno, siendo uno de los más preocupantes el encabezado por el ejército israelí y el movimiento Hezbolá en el Líbano.
Recientes estadísticas de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo expusieron la desolación y el incierto porvenir de los pobladores del referido territorio, en ruinas a causa de la guerra. El 92 por ciento de sus establecimientos económicos quedó destruido o sufrió graves daños, el Producto Interno Bruto per cápita se desplomó a 0,58 dólares diarios, y más del 90 por ciento de la población en edad laboral está en paro.
Cuanto más se prolonga el conflicto, más intensa es la presión sobre las partes involucradas para extinguirlo. Una ola de protestas se ha desencadenado en Israel para exigir el cese de las operaciones en Gaza, una señal de estrés de su propia gente.
La situación en Gaza, junto con las hostilidades entre Estados Unidos e Irán y en otros epicentros militares, coloca a Oriente Medio en una situación particularmente sensible, donde un solo incidente basta para avivar combates y, como una reacción en cadena, contagiar la inestabilidad al resto del orbe.
Frente a semejante contexto, el plan de paz promovido por Washington es una suerte de salvavidas. En la hoja de ruta del mecanismo, el desarme del movimiento Hamás y de los grupos armados palestinos es cardinal, y debe cumplirse por etapas y bajo vigilancia internacional, en paralelo con el repliegue de las tropas de Israel y la transferencia del control civil en la Franja.
Sin embargo, los retos sobran y el más controvertido tiene que ver con el orden del despliegue. Ni Israel ni Hamás aceptan dar el primer paso. Tel Aviv condiciona la retirada de sus tropas del enclave en disputa al desarme absoluto de la facción palestina, mientras que esta última propugna un desarme paulatino que evite una capitulación inmediata y unilateral.
Por otra partes, las elecciones generales de finales de este mes en Israel ejercen una notable presión sobre el primer ministro Benjamin Netanyahu, pues cualquier decisión suya que sugiera transigencia en materia de Gaza podría ser polémica en el escenario político interno. Esto interrumpe en parte el proceso hacia la paz.
Pese a todo ello, el hecho de que el movimiento Hamás transija en principio con el mencionado plan, incluido un desarme que había rechazado numerosas veces, es un viento a favor.
La reconstrucción de la Franja de Gaza encara obstáculos monumentales. Se estima que solo la reparación de los daños materiales requerirá unos 35,2 mil millones de dólares a mediano plazo y otros 71,4 mil millones en los próximos 10 años. De ser incumplido el desembolso de fondos internacionales, el barco hacia la paz quedaría a la deriva.
Un informe de la organización internacional Oxfam desvela que, además de la destrucción material, el conflicto ha causado daños severos al tejido social de Gaza. Bibliotecas, archivos e instituciones culturales desaparecieron, dejando un gran vacío en la preservación de la historia y la identidad palestinas. Más espinoso aún es averiguar cómo recuperar íntegramente un territorio con fundamentos políticos y de seguridad tan frágiles.
El prerrequisito al buscar una solución a la estabilidad duradera para Gaza consiste en que las partes concernidas dejen a un lado sus diferencias e intereses políticos. Deben actuar con perseverancia y con voluntad de brindar una vida pacífica no solo a los habitantes en ese enclave, sino también a toda la región.