En una región caracterizada por las constantes agitaciones y sometida a dolorosas fracturas, Irak deberá afrontar muchos desafíos: la reconciliación política, la recuperación económica, el mantenimiento de la seguridad y la preservación del equilibrio.
La fragmentación del sistema político, consecuencia del enfrentamiento entre numerosos partidos, ha provocado que la formación del Gobierno sea larga y compleja. De hecho, tras las elecciones de 2021, Irak tardó casi un año en designar a un nuevo primer ministro. El actual proceso no parece ser una excepción, especialmente porque ningún partido obtuvo la mayoría absoluta en las elecciones parlamentarias del pasado mes de noviembre.
Independientemente de quién resulte elegido primer ministro tras las arduas negociaciones que se avecinan, el nuevo gobierno tendrá que afrontar numerosos obstáculos.
El principal y de mayor complejidad es el de la economía. A pesar de los notables logros alcanzados por el gobierno de Mohammed Shia al-Sudani en los últimos años, la economía iraquí enfrenta desafíos estructurales, ya que el 90 por ciento de los ingresos provienen del petróleo.
Tal circunstancia hace que el país sea muy vulnerable a las fluctuaciones de los precios del crudo en el mercado mundial. Los analistas consideran que Irak debe diversificar sus fuentes de ingresos, recortar los gastos públicos y reducir el déficit financiero para garantizar la estabilidad económica a largo plazo.
Sin embargo, la diversificación de la economía no es una tarea sencilla. Tras muchos años siendo un “foco caliente” del terrorismo y sufriendo graves daños por los conflictos armados, la infraestructura del país aún no se ha recuperado. Además, los esfuerzos por reformar el marco legal y financiero y desarrollar el sector privado no acaban de cuajar, lo que limita los resultados esperados en sectores como la agricultura, la industria y los servicios.
Además de los contratiempos económicos, otro obstáculo que frena el desarrollo es la inseguridad. Ese país del Oriente Medio ha sido escenario de cruentos conflictos y del accionar de numerosos grupos extremistas, entre ellos el autodenominado Estado Islámico. Aunque Irak anunció que había neutralizado a esa organización terrorista, sus remanentes y otros grupos armados siguen siendo una amenaza real para la seguridad en la nación mesopotámica.
En el ámbito diplomático, el nuevo gobierno deberá sortear las tensiones entre Estados Unidos e Irán. Gracias a su ubicación estratégica en el “corazón” del Oriente Medio y a sus enormes reservas de petróleo, Bagdad no solo es un socio clave en el campo energético, sino también un ancla estratégica de Washington en la confrontación con Teherán. Por otro lado, Irak forma parte del espacio tradicional de influencia iraní.
En este contexto, sin una gestión cuidadosa, Irak podría verse atrapado en el torbellino de las permanentes tensiones entre Estados Unidos e Irán. En los últimos años la política exterior de Bagdad ha procurado mantener el equilibrio entre su vecino y su principal socio en materia de seguridad.
Según los analistas, el nuevo gobierno deberá practicar una diplomacia de doble objetivo. De un lado, será necesario convencer a Washington de que Irak no será una plataforma para que fuerzas afines a Irán perjudiquen los intereses estadounidenses en la región. Por otro lado, será importante asegurar a Teherán y a los partidos proiraníes que Bagdad no busca eliminar su influencia.
Por más difícil que parezca la tarea, esa es la solución para evitar que Irak sea arrastrado a la espiral de conflictos regionales o se convierta en un “campo de batalla” donde fuerzas externas diriman sus disputas.
Tras varios años de violencia, terrorismo, conflictos sectarios y devastación, Irak parece haber reencontrado el camino de la paz. Instaurar un gobierno estable es indispensable para continuar el proceso de transformación, restaurar la economía, estabilizar la sociedad y consolidar su posición en la región.