Francia asume la “silla caliente” de la presidencia del G7: una doble carga de desafíos

Francia asumió recientemente la presidencia del Grupo de los Siete (G7) de manos de Canadá. Al ejercer de “director de orquesta” del G7 en 2026, París afronta un doble desafío.

Banderas de los países del G7. (Foto: VNA)
Banderas de los países del G7. (Foto: VNA)

Por un lado, debe reforzar la cohesión interna del bloque en un contexto en el que aumentan los conflictos de intereses entre los países miembros y, por otro, restaurar la influencia del G7 en un mundo en constante transformación.

Francia asume la "silla caliente" en un momento en que el G7 atraviesa una etapa difícil, debido tanto a la evolución del escenario internacional como a las divergencias internas entre algunos de sus miembros. En este sentido, la situación política y económica mundial sigue experimentando cambios profundos e imprevisibles. Los conflictos prolongados en Europa, Oriente Medio y África amenazan directamente la estabilidad mundial. Los cambios en la política económica y exterior de Estados Unidos obligan a sus aliados tradicionales a redefinir sus estrategias. Además, el fuerte ascenso de los grupos BRICS y G20, así como de los países del hemisferio sur, hace que se ponga en duda la representatividad del G7 en la nueva estructura global.

Las tensiones internas también constituyen un obstáculo para el avance de la cooperación dentro del G7. Según analistas, cincuenta años después de su creación, el grupo se enfrenta a una división sin precedentes, ya que los valores compartidos que tradicionalmente cohesionaban a sus miembros muestran signos de debilitamiento. En 2025, las relaciones entre Estados Unidos y Canadá alcanzaron su punto más bajo, principalmente a causa de las turbulencias comerciales bilaterales. Asimismo, los cambios en la política arancelaria de Washington y las fricciones en los vínculos transatlánticos con la Unión Europea (UE) han ampliado la brecha entre Estados Unidos y otros países del G7.

Estos factores amenazan directamente la capacidad de alcanzar consensos en un foro que reúne a las siete principales economías desarrolladas del mundo. En la práctica, las diferencias de enfoque entre algunos miembros han provocado una fragmentación interna. Esto quedó claramente de manifiesto en la última cumbre celebrada en Canadá, donde el G7 solo logró emitir comunicados sobre cuestiones específicas, en lugar de una declaración conjunta como se había hecho durante décadas.

A ello se suma la salida anticipada del presidente estadounidense, Donald Trump, durante los tres días de la cumbre, un hecho que refleja en cierta medida la profundización de las fracturas internas. El clima de consenso, considerado durante mucho tiempo como la “marca distintiva” del G7, corre el riesgo de verse eclipsado por las divergencias entre los países miembros.

A pesar de estas dificultades, en la práctica el G7 sigue desempeñando un papel relevante, ya que sus decisiones continúan ejerciendo una influencia significativa en la vida económica y política mundial. En este contexto, la comunidad internacional sigue con atención la “actuación” de Francia en su papel de liderazgo del G7 en 2026. Lo más esperado es el rol de París en la reconciliación y reducción de las brechas entre los miembros, así como la puesta en marcha de medidas positivas para reforzar la posición del G7 en la resolución de los problemas apremiantes actuales.

Se prevé que la agenda de la presidencia francesa de la Cumbre del G7 de 2026 se centre en garantizar la estabilidad macroeconómica, impulsar la cooperación en minerales críticos y en inteligencia artificial, y reforzar la seguridad energética, entre otros temas. El presidente francés, Emmanuel Macron, también subrayó su deseo de consolidar la posición del grupo en “un mundo cada vez más inestable y fragmentado”. Estas prioridades reflejan la determinación de Francia de reafirmar su liderazgo en el G7 a la hora de responder a los problemas urgentes y a los cambios de la época.

En un mundo de alta volatilidad, el año 2026 supondrá para Francia un desafío considerable en su condición de presidente del G7. En particular, la incógnita sobre si el G7 logrará reducir sus divergencias o continuará enfrentando el riesgo de una división aún más profunda persiste, especialmente dado que Estados Unidos, miembro clave del grupo, está redefiniendo su estrategia económica y exterior. No obstante, esta coyuntura también representa una oportunidad para que París demuestre su habilidad y firmeza como «timonel» de un foro de alcance e influencia globales.

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