En su última declaración, la UE anunció que descontinuará la importación del gas natural licuado (GNL) de origen ruso al cierre de 2026 y del gas por gasoducto a partir de finales de septiembre de 2027, con miras a poner fin a su larga dependencia de los suministros del gigante euroasiático. La presidenta de la Comisión Europea (CE), Ursula von der Leyen, lo calificó como un viraje histórico, pues implica la entrada de los Veintisiete en una era de independencia energética y de desarrollo de un sistema sostenible en ese terreno.
La decisión, empero, ha encontrado la resistencia de Hungría, Eslovaquia y otros miembros altamente dependientes de los suministros rusos.
Según las autoridades húngaras, las terminales de GNL deben situarse cerca de puertos de aguas profundas para surtir a los supertanqueros. Los países bálticos y nórdicos, costeros, podrían diversificar inmediatamente sus provisiones mediante el establecimiento de instalaciones de importación de GNL desde Estados Unidos y Noruega, pero no es el caso de Hungría, que no tiene salida al mar. Por tanto, el gas desde Moscú desempeña un papel crucial en la seguridad energética ese país de Europa Central.
También preocupado por el nuevo plan, el primer ministro de Eslovaquia, Robert Fico, anticipó que el reemplazo de la oferta estable y a precios razonables de Rusia encarecería la energía, erosionaría la competitividad empresarial y dañaría la economía en su conjunto.
Los dos Estados incluso han amenazado con impugnar la decisión ante el Tribunal de Justicia de la UE. Tal postura sitúa a la Unión Europea entre la espada y la pared, pues los planes para sustituir el gas ruso serían irrealizables sin la aprobación de todos los miembros.
Amén de falta de unanimidad, en el camino de la UE se interponen cuantiosos obstáculos, sobre todo la posibilidad de diversificar las fuentes de suministro. los Estados miembros presentarán a la Comisión Europea sus planes de suministro alternativos antes de marzo de 2026. La suspensión de las compras europeas de gas ruso seguramente provocará una significativa pérdida de ingresos para Rusia, pero también podría dificultar el propio mecanismo. Si la UE no encuentra pronto sustitutos estables y asequibles, corre el riesgo de caer en una espiral de precios energéticos alcistas y, más allá, de inestabilidad económica.
Los esfuerzos constantes por garantizar la seguridad energética de la UE sin duda merecen una mención. Pese a un período lleno de retos, ha logrado poner en marcha numerosos proyectos de energías renovables y expandir su red de socios. Un reciente informe de la CE revela que el gas ruso solo representa alrededor del 13 por ciento de las importaciones de la Unión, una dramática disminución respecto al 45 por ciento registrado en 2021.
Sin embargo, para llenar sus depósitos de GNL, el bloque se ha visto obligado a pagar mucho más que cuando hacía negocios con Rusia. Los nuevos proveedores tampoco han podido cubrir en un plazo tan corto el vacío dejado por el anterior. Esta situación ha provocado un aumento de los precios de la energía y amenaza con debilitar la competitividad de las empresas de la UE en el mercado global.
Muchos son optimistas sobre las prontas posibilidades de la UE de operar por cuenta propia su sector energético, pero no pocos alertan sobre una posible crisis energética ante la hostilidad de invierno y la escalada de los precios del gas. Esta cuestión sin resolver plantea al bloque del Viejo Continente el reto de equilibrar los objetivos políticos y la demanda de su economía.