Dada la inestabilidad en materia de seguridad y la feroz competencia estratégica, sobre todo cuando las tensiones en Oriente Medio hacen tambalear la economía mundial, es comprensible que Japón quiera fortalecer sus relaciones con los socios clave.
La visita de Takaichi a su aliado norteamericano, la primera desde que llegó al poder, se produce ante la adversa influencia que los acontecimientos de la región de Asia Occidental tienen sobre la economía japonesa.
En concreto, numerosas fábricas en el país del Sol Naciente han anunciado recortes en la producción de etileno –su mayor fuente de materias primas para este gas era Oriente Medio– a causa de las interrupciones en el transporte del crudo por el estrecho de Ormuz.
El viaje de la dirigente se enfoca en incentivar los acuerdos comerciales y la cooperación en torno a los minerales clave, amén de recabar el apoyo de Estados Unidos a los esfuerzos de Tokio por reforzar la capacidad de defensa.
Aun así, los medios japoneses temen que los mencionados objetivos queden eclipsados por la cuestión de Irán, y que se vea desafiada la alianza Estados Unidos-Japón.
Al igual que otros aliados de Washington, Japón se encuentra entre la espada y la pared. El conflicto cada vez más enredado en Oriente Medio lo ha puesto en un dilema diplomático: necesita mantener la coordinación con Estados Unidos en materia de seguridad y, al mismo tiempo, no involucrarse demasiado en las disputas de un territorio ajeno.
Esta situación ha provocado polémicas internas, ya que la fuerte dependencia de Tokio de la alianza con Estados Unidos para garantizar sus capacidades de disuasión militar no puede ponerse por encima de sus profundos intereses en Oriente Medio. La incertidumbre y la complejidad de la situación en esa región suponen una amenaza directa para la seguridad energética del país del Sol Naciente.
La petición del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de desplegar equipos militares en la zona de conflicto ha sido recibida con bastante reticencia por la mayoría de los países, que han declarado que están sopesando diversas opciones.
Según Takayuki Kobayashi, asesor sénior del Gobierno japonés, Tokio no descarta la posibilidad de enviar buques de guerra, pero requiere una esmerada consideración dado el desarrollo de la contienda.
La prensa nipona ha propuesto que, en aras de una política exterior equilibrada, el gabinete liderado por Takaichi debería alinearse con una coalición de países europeos, del Golfo Pérsico y de Asia, para garantizar la libertad de navegación en el estrecho de Ormuz. Esta unión se coordinará con Estados Unidos, excepto en lo referente a maniobras militares.
En una reciente declaración, la dirigente ratificó la adopción de una política exterior que antepone los intereses nacionales a cualquier otro.
Las relaciones entre Japón y Estados Unidos han gozado de un significativo impulso desde la investidura de Takaichi, la primera mujer en la historia del país en ocupar el cargo de jefa de gobierno.
Su referido periplo, cargado de múltiples compromisos sobre el robustecimiento de la cooperación económica y en defensa, es calificado un éxito inicial del recién constituido Gobierno frente a su “primera gran prueba diplomática”.
Las partes también han manifestado su determinación de abrir una “nueva era dorada” en los nexos binacionales.
Una asociación más firme con Estados Unidos es un objetivo y a la vez un factor primordial para la seguridad de Japón, dado el carácter cada vez más hostil e impredecible de la situación de la seguridad regional y mundial.
Funcionarios de ambos países confían en que la cumbre entre Estados Unidos y Japón, a celebrarse durante la visita, concluya con éxito para evidenciar la solidez de esta alianza.