La asunción de la jefatura de Gobierno por parte del presidente del Partido Nacionalista de Bangladés (BNP), Tarique Rahman, no es solo una transición de poder, sino también una prueba rigurosa del temple hacia las reformas, la capacidad de gobernanza y el arte del equilibrio diplomático de la nueva administración.
Tras la aplastante victoria del BNP en las elecciones, Rahman tomó posesión del cargo de primer ministro el 17 de febrero para suceder al Gobierno provisional instalado desde la caída de la ex primera ministra Sheikh Hasina. Se espera que el nuevo gabinete - entre cuyos 50 miembros se encuentran políticos avezados, exministros, exdiputados y eruditos- cumpla los compromisos adquiridos durante la campaña electoral, que incluyen reformas, reactivación de la economía y recuperación de la confianza social tras periodos de inestabilidad.
El Gobierno bajo el timón de Tarique Rahman hereda un país entusiasmado con transformarse, pero a la vez preocupado por los riesgos implícitos de ruptura en las orientaciones políticas, la identidad y las alianzas. Un desafío inmediato consiste en gobernar. Con su voto, los electores no solo eligieron un partido, sino que también apostaron por reformas constitucionales y una gobernanza más transparente y eficiente.
No hay más espacio para promesas vacías. Cada paso del nuevo gabinete se someterá a escrutinio para ver si las reformas pasan de los eslóganes a la acción, si las instituciones escapan de las actuales superposiciones y se consolidan, y si los servicios públicos llegan realmente a los ciudadanos. Una renovación a medias o que se quede en nada costaría mucho a la política nacional, especialmente ahora que las expectativas están en alza.
Aun así, la reforma institucional no es un camino de rosas. Requiere un amplio consenso político, frente al hecho de que aún existen voces discordantes entre los que pilotan el país. Dada la presencia mayoritaria de las fuerza conservadoras en el Parlamento nacional, el cultivo del consentimiento deviene tanto un prerrequisito, como un “cuello de botella”. Es decir, la incapacidad del Gobierno para actuar con transparencia y eficacia podría avivar rescoldos de las pasadas disputas y erosionar la confianza de la sociedad.
También se percibe tensión en el frente económico. La decisión de nombrar al empresario y veterano senador Amir Khasru Mahmud Chowdhury como ministro de Finanzas demuestra el compromiso del premier Rahman con la misión de revitalizar el crecimiento y recuperar la confianza de los inversores. Si bien antes dejó una fuerte impronta de crecimiento en Asia Meridional gracias a sus exportaciones de confección y textiles, Bangladés se enfrenta hoy a la inflación, la merma en la demanda global y los crecientes criterios laborales.
En opinión de expertos, la economía bangladesí ha despegado como fruto de un modelo de crecimiento basado en la mano de obra barata y los bajos costos. Sin embargo –advierten– si no transita hacia una órbita de valor agregado más alto, la nave económica correrá el riesgo de encallar. Impedirlo supone realizar reformas integrales en la educación, el entorno de negocios y la infraestructura, algo que no se logra en un abrir y cerrar de ojos.
Respecto al plano diplomático, Bangladés se encuentra en una encrucijada de intereses de las grandes potencias.
La asociación con la India reviste una enorme significación para la seguridad y la conexión regionales, pues ambos países comparten una larga frontera y profusos vínculos socioeconómicos.
China es un gigantesco inversor en infraestructura, mientras Estados Unidos y la Unión Europea figuran entre los principales mercados receptores de productos bangladesíes.
En medio de ese escenario, el Gobierno de Rahman tiene como uno de sus desafíos el de solucionar la cuestión de equilibrio de relaciones. Conviene recordar que, bajo el mando de su predecesor, el país reforzó la cooperación con Pakistán, un viejo rival de la India, con lo que sus relaciones con Delhi se han debilitado.
Bangladés ha zarpado al altar mar después de la tempestad y avizora un horizonte lleno de oportunidades, pero enturbiado por no pocos nubarrones. El éxito del nuevo gabinete se medirá no solo por la tasa de crecimiento o el número de escaños en el Parlamento, sino también, y sobre todo, por la capacidad de mantener la estabilidad social, impulsar reformas sustanciales y por su destreza al pilotar al país en medio de los tornados en la región.