Iniciado en octubre del año pasado y desplegado gradualmente en los pasos fronterizos del espacio Schengen, el nuevo sistema de control de inmigración, denominado EES, utiliza tecnología digital para mejorar la eficiencia y garantizar la seguridad en la gestión. El EES registra datos de los viajeros extracomunitarios, como nombres, números de pasaporte, datos biométricos faciales y huellas dactilares. Esta medida forma parte de un ambicioso plan para reformar el sistema Schengen y adaptarlo a las exigencias de la nueva era, ya que el acuerdo del mismo nombre ha sido señalado como el talón de Aquiles de Europa debido a sus graves deficiencias de seguridad.
Más allá de un simple cambio técnico, la sustitución de los sellos tradicionales del pasaporte por huellas dactilares simboliza la visión estratégica del espacio Schengen, donde los datos digitales y las medidas de ciberseguridad se convierten en la principal línea de defensa de Europa. Se han destacado varias ventajas de esta “frontera digital”. En primer lugar, el sistema EES reduce los tiempos de tramitación. Los pasajeros solo necesitan registrarse en su primera entrada. En segundo lugar, el sistema ayuda a detectar casos de falsificación de documentos o de incumplimiento de los límites de estancia y a gestionarlos.
A lo largo de sus más de 40 años de existencia, el espacio Schengen, con sus fronteras abiertas, se consolida como un logro del que Europa se siente orgullosa y como un símbolo de solidaridad y unidad que ha aportado grandes beneficios económicos y turísticos. Además, es un modelo de integración exitoso a nivel mundial.
Sin embargo, este éxito ha generado con frecuencia preocupación pública. Entre 2015 y 2016, la grave crisis migratoria en Europa provocó una fuerte controversia en torno al Acuerdo de Schengen. Las lagunas de seguridad del acuerdo permitieron la libre circulación de combatientes yihadistas dentro del bloque, lo que puso a la seguridad regional en estado de máxima alerta. La pandemia de Covid-19 volvió a poner en peligro el acuerdo, ya que los países restablecieron los controles fronterizos nacionales para prevenir la propagación del virus.
En aquel momento, cada control fronterizo se consideraba un atentado contra uno de los principales proyectos de integración europea. La reforma del Acuerdo de Schengen para lograr controles más estrictos, que incluían la promoción de la digitalización de los sistemas y la aplicación de la tecnología biométrica para el control fronterizo, se tornó urgente. Esto fue especialmente significativo, dado que Europa se enfrentaba entonces a una oleada migratoria procedente de Oriente Medio a causa de la escalada del conflicto.
Los esfuerzos de reforma se han encontrado con numerosos desafíos. Una de las preocupaciones era que la recopilación de datos biométricos suponía una grave intrusión en la privacidad, y también había inquietudes sobre el nivel de protección y seguridad de la información personal. Otra dificultad radicaba en que se preveía que la aplicación de controles a pasajeros extracomunitarios causaría congestión en aeropuertos y terminales durante los primeros días de implementación del EES. La Asociación Francesa de Aeropuertos declaró que la tecnología aún no era completamente estable. Durante el período de prueba en el aeropuerto de Grenoble (Francia), las autoridades incluso tuvieron que utilizar el aparcamiento como zona de espera para los pasajeros mientras se realizaba el proceso de facturación.
A pesar de reconocidas insuficiencias, Europa sigue considerando la implementación del EES un paso a tono con las tendencias actuales, lo que convierte a la tecnología digital en una herramienta efectiva. La reforma del sistema Schengen también demuestra la unidad de voluntad, recursos y políticas de los países europeos, en aras de eliminar posibles amenazas al tratado.