El comienzo de un vínculo inesperado
El 11 de junio de 2026, a los 80 años, falleció en Buenos Aires, Argentina, una mujer cuya historia trasciende las fronteras.
Su deceso conmovió en lo más hondo a sus allegados, amigos y compañeros de militancia en el país sudamericano. No obstante, el eco de su partida cruzó océanos para resonar en Vietnam, donde generaciones de diplomáticos, periodistas, académicos y amigos la recuerdan con un idéntico afecto a un ser que, durante casi seis décadas, decidió caminar junto al pueblo vietnamita.
En los mensajes enviados a su familia y al Instituto de Cultura Argentino-Vietnamita (ICAV), las autoridades vietnamitas no destacaron únicamente a una colaboradora o a una dirigente social, sino también a una amiga entrañable de Vietnam que hizo de la solidaridad una forma de vivir, y la amistad entre dos pueblos una misión cotidiana.
Resulta difícil resumir su vida en una lista de logros o reconocimientos. Fundó el ICAV, promovió innumerables actividades culturales, visitó Vietnam en veintisiete ocasiones y fue condecorada con la Orden de la Amistad por el Estado vietnamita. Todo ello es cierto. Pero ninguna de esas referencias alcanza para comprender por qué, cuando un vietnamita pronuncia su nombre, casi siempre lo hace con el cariño reservado para un miembro de la familia.
Porque Poldi nunca concebió la solidaridad como un gesto pasajero ni como una consigna política. Para ella, la solidaridad consistía en acompañar, escuchar, tender una mano y permanecer al lado de quienes la necesitaban. Su historia con Vietnam empezó mucho antes de que existiera el ICAV. Comenzó cuando todavía era una joven argentina que intentaba encontrar su lugar en un mundo atravesado por profundas transformaciones políticas y sociales.
Nació en Puerto Belgrano, provincia de Buenos Aires, el 6 de diciembre de 1945. Pertenecía a una familia de sólida tradición cultural y de profundo compromiso con la vida pública. Era hija de Jonás Luis Sosa y de Lucy Schmidt Mac-Quade Recart, y por la rama materna heredó una historia familiar marcada por raíces alemana, chilena e irlandesa.
Entre sus antepasados se encontraba el ingeniero alemán Teodoro Schmidt Weichsel, quien llegó a Chile en 1858 y realizó importantes aportes al desarrollo del sur del país, méritos por los que recibió la nacionalidad chilena por gracia. Su abuelo materno, Luis Schmidt Quezada, fue una figura destacada de la vida pública chilena: ministro de Estado, alcalde, director de instituciones públicas y vicepresidente del Banco Central.
Nadie podía imaginar entonces que aquella niña, nacida en una familia de tan rica tradición de servicio público, terminaría dedicando gran parte de su vida a un país situado a más de 17 mil kilómetros de distancia. Menos aún imaginar que encontraría en Vietnam una causa, una vocación y una amistad que la custodiarían hasta el final.
El primer encuentro de Poldi con Vietnam no ocurrió en Asia, sino en Europa. En 1967, mientras trabajaba en el Reino Unido, las imágenes de una guerra que conmovía la conciencia del mundo comenzaron a formar parte de su vida cotidiana. Los bombardeos, las fotografías de aldeas destruidas y el sufrimiento de millones de civiles despertaron en ella una pregunta que marcaría su destino: qué podía hacer, desde un lugar tan lejano, para acompañar a un pueblo que luchaba por su independencia.
Como tantos jóvenes de aquella generación, no se conformó con ser una mera observadora. Se sumó al movimiento internacional de protesta contra la intervención estadounidense en Vietnam y comenzó a participar en las campañas de solidaridad que, desde distintas ciudades europeas, exigían el fin de la agresión y expresaban su respaldo al pueblo vietnamita.
Con el tiempo, Poldi recordaría aquellos años no como el inicio de una militancia política, sino como el comienzo de una relación profundamente humana.
Vietnam dejó de ser un nombre en los periódicos para convertirse en un pueblo concreto, con rostros, historias y esperanzas. Sin haber pisado todavía suelo vietnamita, empezó a sentir que una parte de su vida ya estaba unida para siempre a esa tierra lejana.
No podía saber entonces que aquella decisión la llevaría a cruzar continentes, vivir el exilio, construir una institución llamada a trascender su propia vida y convertirse, para muchos vietnamitas, en una amiga cuya ausencia sería llorada como la de un miembro de la propia familia.
Chile, Cuba y el largo camino hacia Vietnam
La vida de Poldi nunca siguió una línea recta. Como la de tantos hombres y mujeres de su generación en América Latina, estuvo atravesada por los grandes acontecimientos políticos de la segunda mitad del siglo XX. Y, de algún modo, cada uno de esos acontecimientos la acercó un poco más a Vietnam.
A comienzos de la década de 1970 llegó a Chile, que entonces vivía uno de los procesos políticos más intensos de la región. Allí encontró un ambiente donde la solidaridad internacional no era una consigna lejana, sino una práctica cotidiana. Se vinculó con organizaciones sociales, con militantes de izquierda y con quienes, desde distintos espacios, seguía con atención la lucha del pueblo vietnamita.
Participó desde sus primeros días en la creación del Instituto Chileno-Vietnamita de Cultura, convencida de que la cultura podía ser una herramienta tan poderosa como la política para acercar a los pueblos.
Mientras el pueblo vietnamita seguía en su lucha contra la invasión de las tropas estadounidenses, que conmovía al mundo entero, Poldi mantenía un contacto permanente con los representantes de la República Democrática de Vietnam y del Gobierno Revolucionario Provisional de la República de Vietnam del Sur acreditados en Santiago. También colaboraba activamente en los comités de solidaridad que organizaban campañas de apoyo, actividades culturales y encuentros públicos para mantener viva la atención internacional sobre lo que ocurría en el país sudesteasiático.
Aquella solidaridad, sin embargo, pronto dejaría de ser solamente una expresión de compromiso con un pueblo distante.
El 11 de septiembre de 1973, el golpe militar encabezado por Augusto Pinochet cambió para siempre la historia de Chile y también la vida de miles de personas. Como tantos otros militantes latinoamericanos, Poldi se vio obligada a abandonar el país.
El exilio la condujo a Cuba. Paradójicamente, fue allí, lejos de su Argentina natal y también de Vietnam, donde su vínculo con el pueblo vietnamita continuó consolidándose.
Durante casi una década vivió en la isla, compartiendo un ambiente profundamente marcado por la solidaridad internacionalista. Cuba era entonces uno de los principales espacios de encuentro para quienes defendían las causas de liberación nacional en distintos lugares del mundo, y Vietnam ocupaba un lugar central en esa geografía de afectos y compromisos.
Poldi continuó participando en actividades de amistad y cooperación, fortaleciendo vínculos con representantes vietnamitas y con personas que, como ella, entendían que la solidaridad no terminaba cuando desaparecían los titulares de los diarios.
Muchos años después, al recordar aquella etapa de su vida, solía decir que Vietnam había dejado de ser simplemente una causa política. Se había convertido en una parte inseparable de su propia historia.
No era una frase hecha. Era la síntesis de una experiencia profundamente personal. Había conocido el exilio, la incertidumbre y la necesidad de reconstruir una vida lejos de casa. Quizás por eso comprendía con una sensibilidad especial el valor de la independencia, de la paz y de la memoria para un pueblo que había atravesado décadas de guerra.
Cuando la democracia regresó a la Argentina en 1983, Poldi volvió definitivamente a su tierra natal. Regresó con la experiencia acumulada de varios años de militancia internacional, pero también con una certeza que ya no la abandonaría nunca: el compromiso con Vietnam no había terminado con el fin de la guerra.
Por el contrario, recién comenzaba una nueva etapa. Durante la década de 1980 siguió participando en movimientos de mujeres y diversas iniciativas vinculadas con la solidaridad internacional. Sin buscar protagonismo, fue tejiendo una extensa red de vínculos con personas e instituciones que compartían el mismo deseo de acercar América Latina a Vietnam.
Una casa llamada ICAV
A comienzos de los años noventa, cuando Vietnam abrió representación diplomática permanente en Buenos Aires, ese camino recorrido durante más de veinte años encontró un nuevo sentido.
Para los primeros diplomáticos vietnamitas destinados a la Argentina, todo era nuevo: la cultura, las instituciones y una sociedad que recién comenzaba a conocer un país del sudeste asiático con el que hasta entonces había tenido escasos contactos.
En ese contexto apareció, una vez más, Poldi. No como una funcionaria. No como una asesora. Mucho menos como una figura protocolar. Simplemente como una persona dispuesta a ayudar.
Presentó a amigos, acercó organizaciones sociales, abrió puertas, organizó encuentros y acompañó a las primeras delegaciones vietnamitas cuando todavía muy pocas personas hablaban de Vietnam en la Argentina más allá de los recuerdos de la guerra.
Con el paso de los años, muchos diplomáticos vietnamitas recordarían aquellos días con una mezcla de gratitud y afecto.
Ese reconocimiento quedó reflejado también en los numerosos mensajes de condolencias enviados desde Vietnam tras su fallecimiento. En una carta dirigida a su familia, la exvicepresidenta de Vietnam, Truong My Hoa, expresó que “Durante más de seis décadas de estrecho vínculo con Vietnam, Poldi Sosa dedicó todo su afecto, entusiasmo y valiosos esfuerzos al fortalecimiento de la amistad entre los pueblos de Argentina y Vietnam”.
Añadió que “no solo fue una gran amiga internacional, leal y profundamente comprometida con Vietnam, sino también una amiga entrañable que siempre profesó un cariño especial hacia nuestro país”.
En una carta de condolencias enviada tras su fallecimiento, el viceministro de Relaciones Exteriores de Vietnam, Dang Hoang Giang, escribió que, para varias generaciones de diplomáticos vietnamitas, Poldi era mucho más que una amiga.
Era una mujer que siempre los recibía con calidez, los ayudaba desinteresadamente y les hacía sentir que, aun estando a miles de kilómetros de su patria, nunca estaban realmente solos. Quizás esa haya sido una de las virtudes más extraordinarias de Poldi.
Después de casi 60 años acompañando a Vietnam desde distintos lugares del mundo, comprendió que había llegado el momento de construir algo que pudiera trascender a las personas y al paso del tiempo. Así nació, en 1997, el Instituto de Cultura Argentino-Vietnamita (ICAV).
Más que una institución, el ICAV fue el proyecto de su vida.
Poldi nunca imaginó el Instituto como un espacio reservado para especialistas o académicos. Soñaba con una casa abierta, donde cualquier argentino pudiera acercarse por primera vez a Vietnam y descubrir un país muy distinto del que durante años había aparecido únicamente asociado a la guerra. Quería mostrar su historia, su cultura, su literatura, su música, su gastronomía y, sobre todo, a su gente.
Poldi nunca concibió el Instituto como un espacio reservado para especialistas o académicos. Anhelaba una casa de puertas abiertas, donde cualquier argentino pudiera acercarse por primera vez a Vietnam y descubrir una realidad muy distinta de aquella que, durante décadas, estuvo asociada casi de manera exclusiva con la guerra. Su propósito era difundir su historia, cultura, literatura, música y gastronomía, pero, por encima de todo, dar a conocer a su gente.
Bajo su conducción, el ICAV se convirtió en una referencia ineludible para quienes deseaban conocer Vietnam en Argentina y en buena parte de América Latina.
Durante casi tres décadas organizó conferencias, exposiciones, festivales culturales, ciclos de cine, presentaciones de libros, muestras fotográficas, encuentros académicos, actividades gastronómicas e intercambios educativos.
Cada una de esas iniciativas tenía un mismo propósito: acercar dos pueblos separados por miles de kilómetros, pero unidos por una historia de solidaridad y respeto mutuo.
Gracias a ese trabajo silencioso y perseverante, miles de argentinos comenzaron a descubrir un Vietnam diferente. Ya no solamente el país de la guerra.
También el de las antiguas ciudades imperiales, los arrozales del delta del Mekong, la bahía de Ha Long, las tradiciones milenarias, la hospitalidad de su gente y el extraordinario proceso de transformación que el país experimentó durante las últimas décadas.
Uno de los proyectos que más la emocionaban era el hermanamiento entre escuelas de Rosario y de la ciudad vietnamita de Ha Long. En 2001 encabezó una delegación de estudiantes argentinos que viajó a Vietnam para compartir experiencias con alumnos vietnamitas y entregar materiales escolares a la Escuela Secundaria Trọng Điểm de Ha Long. Para muchos de aquellos jóvenes fue el primer viaje de sus vidas a Asia.
El legado de una amistad
Para Poldi, en cambio, era la confirmación de una idea que había guiado toda su existencia: la amistad entre los pueblos comienza cuando dos personas, nacidas en lugares distintos, descubren que pueden reconocerse como iguales.
Por eso nunca entendió la diplomacia entre los pueblos como un concepto abstracto. La veía en el abrazo entre dos estudiantes. En una conversación después de una conferencia. En una comida compartida. En una carta escrita a mano. En un grupo de argentinos que regresaba de Vietnam con una imagen completamente distinta de la que había tenido antes de partir.
Ese era, para ella, el verdadero sentido del trabajo del ICAV. A lo largo de su vida visitó Vietnam en 27 oportunidades. No hubo una sola región del país que no despertara su curiosidad.
Desde Hanói hasta Ciudad Ho Chi Minh; desde Hue hasta Da Nang; desde Quang Ninh hasta el delta del Mekong, siempre encontraba nuevos motivos para volver. Cada viaje significaba un reencuentro. Con amigos. Con colegas. Con diplomáticos. Con periodistas.
Con familias vietnamitas que, con el paso de los años, dejaron de recibirla como una visitante extranjera para abrirle las puertas como a alguien de la casa.
Muchos de quienes compartieron esos viajes recuerdan que Poldi preguntaba, observaba y escuchaba con la misma curiosidad de la primera vez. Le interesaban la historia y la política, pero también la vida cotidiana de la gente común. Quería entender cómo vivían los campesinos, qué soñaban los estudiantes, cómo cambiaban las ciudades y qué desafíos enfrentaba un país que había logrado reconstruirse después de décadas de guerra.
Para los corresponsales vietnamitas acreditados en Argentina, Poldi fue también una fuente invaluable de memoria histórica. Conversar con ella significaba recorrer buena parte de la historia del movimiento internacional de solidaridad con Vietnam. Siempre hablaba de las personas que había conocido, de los amigos que había encontrado en el camino y de las causas compartidas. Ni siquiera el paso de los años disminuyó su entusiasmo.
Aun después de cumplir los 80 años de edad seguía participando en encuentros culturales, acompañando a delegaciones vietnamitas y promoviendo nuevos proyectos de cooperación entre ambos países.
Quienes la conocieron de cerca coinciden en una misma imagen. Nunca dejó de pensar en el próximo proyecto. En la próxima conferencia. En el próximo intercambio. En el próximo viaje. Como si todavía quedara mucho por hacer. Y quizás tenía razón.
Porque comprendía que la amistad entre los pueblos nunca es una obra terminada. Cada generación tiene la responsabilidad de volver a construirla.
Los reconocimientos que recibió a lo largo de su vida fueron numerosos y profundamente merecidos.
En 1999, la Unión de Mujeres de Vietnam le otorgó la Medalla por la Causa de la Liberación de la Mujer. En 2005, el Estado vietnamita le concedió la Medalla de la Amistad.
Y en 2023 recibió la Orden de la Amistad, una de las más altas distinciones que el Estado vietnamita entrega a ciudadanos extranjeros por sus contribuciones excepcionales al fortalecimiento de las relaciones con Vietnam.
Tras su fallecimiento, el presidente de la VUFO, Phan Anh Son, destacó que los logros alcanzados por el ICAV llevaban profundamente la impronta de su liderazgo, de su visión y de su compromiso incansable.
Pero también subrayó que el mayor legado de Poldi había sido haber formado una comunidad de personas capaces de continuar esa tarea.
Tal vez esa sea la verdadera medida de una vida. No aquello que una persona logra mientras está presente. Sino aquello que sigue creciendo cuando ya no está.
Y el puente que Poldi comenzó a construir durante casi seis décadas continúa uniendo, todavía hoy, a argentinos y vietnamitas.
Los puentes tienen algo extraordinario. Quienes los cruzan pocas veces se detienen a pensar en las manos que los construyeron. Poldi dedicó gran parte de su vida a levantar uno entre Argentina y Vietnam.
Hoy ese puente sigue allí, recorrido por estudiantes, diplomáticos, artistas, periodistas y amigos de ambos países que, muchas veces sin saberlo, continúan transitando sobre el camino que ella comenzó a trazar hace unos 60 años.
Precisamente, ese es el legado más hermoso que deja. Porque hay vidas que terminan. Y hay otras que permanecen, silenciosamente, en la memoria de quienes aprendieron a encontrarse gracias a ellas.