En ese sentido, subrayó que esa rama tecnológica no puede desarrollarse únicamente a través de incentivos, sino que requiere una coordinación estrecha entre universidades, institutos técnicos, redes de proveedores, infraestructura logística, servicios públicos, capacidades de gestión y políticas coherentes y sostenidas a largo plazo.
Othman señaló que la Estrategia Nacional de Semiconductores (NSS) de Malasia fija objetivos concretos: atraer 125 mil millones de dólares en inversiones, destinar 6,25 mil millones de dólares a apoyo fiscal y formar a 60 mil ingenieros altamente cualificados, con el objetivo de crear al menos 10 empresas malasias líderes en el sector.
Afirmó que la principal fortaleza de la estrategia radica en su pragmatismo. En lugar de intentar competir de inmediato en la fabricación de chips avanzados con Taiwán (China), Corea del Sur o Estados Unidos, Malasia parte de una posición ya consolidada y busca avanzar sobre esa base. Actualmente, el país representa alrededor del 13 por ciento del mercado mundial de pruebas y encapsulado de semiconductores.
Si bien las actividades de ensamblaje, situadas en la fase final de la cadena de producción, generan empleo y un importante volumen de exportaciones, el diseño de circuitos integrados (CI) y la fabricación de equipos permiten desarrollar capacidades tecnológicas más profundas, obtener mayores márgenes de beneficio y fortalecer las empresas nacionales. No obstante, advirtió que Malasia debe evitar convertirse simplemente en una plataforma eficiente para las empresas extranjeras, mientras los proveedores y los ingenieros locales permanecen integrados de forma superficial en las cadenas de valor.
En cuanto al objetivo de Vietnam de formar a 50 mil trabajadores del sector de semiconductores para 2030, Othman lo calificó de ambicioso y comparable, por su magnitud, con la meta de Malasia de formar a 60 mil ingenieros. Sin embargo, recalcó que la cuestión fundamental no se reduce a las cifras. Vietnam necesita programas de formación especializados para ingenieros de diseño de CI, ingenieros de procesos, especialistas en encapsulado, técnicos de equipos, expertos en materiales y gerentes de producción.
Otra lección importante es la integración de los proveedores nacionales. Othman señaló que muchas empresas malasias todavía se encuentran en niveles inferiores a los de las corporaciones multinacionales, en lugar de estar plenamente integradas en sus cadenas de suministro de alto valor. Por ello, recomendó que Vietnam evite convertirse en un simple centro de ensamblaje de bajo coste y fomente que las empresas nacionales desarrollen capacidades en áreas como la ingeniería de precisión, los servicios de salas blancas, los productos químicos, los sustratos, la automatización y el mantenimiento.
La infraestructura constituye otro factor crítico. Los inversores del sector de semiconductores necesitan un suministro de electricidad y agua altamente fiable, servicios logísticos eficientes y una normativa predecible. Se trata de aspectos a los que Vietnam debe prestar especial atención en sus esfuerzos por atraer a grandes inversores del sector.
Desde una perspectiva regional, Othman considera que Vietnam y Malasia son tanto competidores como potenciales socios. Aunque ambos países compiten por atraer inversión extranjera directa (IED), talento e incentivos fiscales, estratégicamente deberían verse como socios complementarios dentro de un ecosistema de semiconductores compartido en la Asean. Malasia cuenta con la ventaja de un ecosistema consolidado de electricidad y electrónica (E&E) en Penang, mientras que Vietnam ofrece una mayor escala, un fuerte impulso manufacturero y un gran atractivo desde el punto de vista geopolítico.
En lugar de impulsar proyectos nacionales de forma aislada, sugirió que Malasia, Vietnam, Singapur, Tailandia y Filipinas podrían crear un "corredor de semiconductores de la Asean", en el que cada país aporte sus propias fortalezas, desde el encapsulado y las pruebas hasta la fabricación de productos electrónicos y el desarrollo de talento.
Othman señaló que el verdadero desafío no radica en la competencia entre los países vecinos, sino en la capacidad de la Asean para transformarse de una región formada por centros de ensamblaje fragmentados en un espacio integrado de fabricación de semiconductores. A su juicio, las ambiciones de Vietnam y la Estrategia Nacional de Semiconductores (NSS) de Malasia deben entenderse como parte de una misma narrativa regional, que refleja los esfuerzos del Sudeste Asiático por dejar de ser una mera base manufacturera y convertirse en un eslabón estratégico de la economía tecnológica mundial.